18/03/2006

Pasamontañas


Si él ocultaba su cara, yo ocultaré su nombre. Inventemos que se llamaba Pascual. No digamos que ocultaba su cara por miedo. Inventemos que lo hacía por desafiar. O porque tal vez admira al Sup y quiere parecerce a él. O porque al mirarse al espejo ve su futuro en la cara y no quiere de antemano sufrir, que ya suficiente tiene con lo de hoy.

Sonrío cuando me ofrece lustrar mis botines y le digo que no: reclamo que son amarillos, que los lustré esta mañana y que va a llover. Pero me lanza un argumento copiado de por acá "Hágalo entonces por cooperar" y me tengo que rendir.

Habla de política, Evo, naturalmente, mientras embetuna concienzudo, le cuento que es la primera vez que me lustran en la calle y que en mi tierra es cosa de hombres y que cuéntame de ti. Abre su corazón desgranando las palabras, palabras firmes de orgullo, palabras serenas de algo como fe. Le digo que es la persona más gentil que he conocido en La Paz (y no es que me hayan tratado mal) .Se limpia la mano y estrecha la mía. Sus ojos me muestran mil años cuando lo miro por última vez.

Adivino su sonrisa mientras levanto la cara hacia la lluvia, usted sabe, para disimular...

 

 

Posted by cecilia castillo at 01:52:17 | Permanent Link | Comments (1) |

Es el último amor el que nunca se olvida


En realidad nunca supe quien fue mi primer amor. Tal vez fuera el niñito del banco de al lado, en segundo de primaria, que se llamaba Jaime Valencia y cuyos regalos, consistentes por lo general en un sacapuntas o un pedazo de su pan, mi madre me obligaba a devolver. O tal vez fue Renato a mis dieciocho años quien al final se casó con otra porque yo nunca , porque “qué iba a decir mi papá”. No sé en verdad cuando fue la primera vez que me enamoré.

Pero de la última, ah, de esa sí que no tengo dudas. Es el último amor en realidad el más importante en la vida de un ser humano. Y yo lo tuve cuando escaseaba ya seriamente la fe. Y lo supe apenas lo vi. Antes de besarlo me dolía la boca, y no pude decirle “Jamás voy a volver a amar como te amo a ti”. Lugar común elevado a máxima en bronce, o en piedra…

Tenía ojos claros de navegante genovés y alma atormentada de prisionero en tierra. Brazos de artesano, dedos de caricia. Mi forma calzaba en su forma, su olor calzaba en mi olor. Si no hubiera partido tan lejos de mis manos, todavía estaría bañando en ese lago toda mi piel.

Pero, mientras ponía el saco sobre su espalda, miró hacia atrás y me dijo que nunca había sabido sazonar bien el pescado, y que algo le faltaba a mi café. Y que jamás entendería que yo amara tanto la luna, si lo que él más necesitaba era el sol… y sus piernas se fueron alargando hacia el horizonte, y las mías se doblaron al revés…Fingí que creía en sus palabras, una buena explicación para la vecina e incluso para mí.

No es que esté sola, hay tantas otras formas de amar. Pero, hembra, nunca he vuelto a ser. Y, cada año que pasa, a este, mi último amado, lo quiero más. Sonrío y le agradezco sus palabras de despedida, porque en el fondo, siempre supe la verdad. Y es que nunca estuve a su lado cuando a la Soledad él quería lejos; y otras veces, tantas, lo estorbé con mis besos cuando él necesitaba, sólo a Ella hacerle el amor.

A veces, lo diviso bajando de su nave, la chaqueta al hombro, la nube en su frente, y un leve, leve remedo de sonrisa. Creo que sabe que sigue siendo mi compañero. Será su nombre en mis labios al momento del despegue, el secreto que nadie roba, el gesto que nadie ve. Mi amor es mío, cierto, y mi tristeza, sí, como la de Favio ¿se acuerdan?. Mi tristeza es mía, mía y nada más…

Posted by cecilia castillo at 01:04:48 | Permanent Link | Comments (3) |