30/10/2007

No está mal este cuento

El Camino de la Pólvora

Caminó por la calle obscura golpeando el suelo con sus tacos agudos,

la brisa del mar en su pelo y el arma en su mano derecha.

La llevó hasta el final de la vereda, se asomó al precipicio que termina

allá abajo, donde revientan las olas, y lanzó el cuerpo de la mujer al vacío.

La pistola, satisfecha entonces, se dejó caer al húmedo cemento.


F.R.C. 2000

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27/10/2007

CONFIESO MI IGNORANCIA

El idioma de Puerto Rico
[Artículo. Texto completo]

Luis López Nieves

INTRODUCCIÓN

Recientemente estuve en el Primer Congreso de la Lengua Española, celebrado en la hermosa ciudad de Zacatecas, México. Allí descubrí, asombrado, que un alarmante número de hispanohablantes no está muy seguro de cuál es el idioma de Puerto Rico. Esta nota pretende aclarar esta duda.
 

TRASFONDO HISTÓRICO

En el siglo XIX casi toda Hispanoamérica se liberó de España, excepto Cuba y Puerto Rico. En el 1898, tras la mal llamada guerra Hispano-Americana (Hispano-Estadounidense), los norteamericanos se quedaron con Puerto Rico como botín de guerra. De inmediato impusieron el inglés como único idioma oficial de la nueva colonia. El nombre del país, incluso, cambió a Porto Rico. El gobierno, de generales y civiles norteamericanos, operaba en inglés. El sistema escolar enseñaba en inglés desde el primer grado. Niños de seis años de edad, tanto de la ciudad como del campo, debían recibir instrucción en inglés.

Claro, los puertorriqueños no hicieron caso. Los maestros daban las clases en español y sólo cambiaban al inglés -con la complicidad de los estudiantes- cuando alguno de los supervisores gringos se asomaba al aula o salón de clases.

En el 1948, tras una larga lucha de cincuenta años que no tengo espacio para contar, los gringos se dieron por vencidos. Aceptaron el español como idioma dizque cooficial y permitieron que el sistema educativo regresara al español. Los gringos simplemente oficializaron la realidad, porque el idioma de un país no se cambia por decreto.

(La situación de los puertorriqueños que han emigrado a Estados Unidos es otra. Al igual que los mexicanos, dominicanos, colombianos y demás latinoamericanos emigrantes, la lengua que hablan ha sufrido cambios. Pero el tema que hoy me ocupa es el español hablado en la Isla de Puerto Rico.)
 

HISTORIA INMEDIATA

A fines de la década del 80, Rafael Hernández Colón, gobernador autonomista de Puerto Rico, decide eliminar al inglés como idioma cooficial y anuncia que la única lengua de Puerto Rico será el español, aunque el inglés seguirá enseñándose como lengua extranjera, al igual que en otros países.

La comunidad hispánica del mundo, con sobrado motivo, celebra la acción de Hernández Colón. España, por ejemplo, nos otorga (al Pueblo de Puerto Rico) el Premio Príncipe de Asturias por nuestra defensa del español. No se olvide que nuestro enemigo es el imperio más poderoso de todos los tiempos y que nosotros, en cambio, somos el país más pequeño de Hispanoamérica, un poco más chicos que El Salvador.

Bueno, unos pocos años después, en el 1992, un anexionista recalcitrante gana la gobernación de Puerto Rico. Absolutamente histérico, lo primero que hace al llegar a La Fortaleza (residencia oficial de nuestros gobernadores) es volver a designar al inglés lengua cooficial de Puerto Rico.

Eso fue todo lo que pasó. Un decreto. Una ley. Cosas que ocurren sobre el papel.
 

ACTUALIDAD

La noticia de la restitución del inglés como lengua cooficial ha creado gran confusión fuera de Puerto Rico. Al no conocer su mero carácter burocrático, algunas personas han pensado que el español se dejó de hablar o que se impuso al inglés como lengua única obligatoria.

La lengua de Puerto Rico es y será siempre el español. Estamos, eso sí, bajo un fuerte ataque de los gringos que quieren que hablemos inglés. Somos el único país de Hispanoamérica que todavía es colonia. Necesitamos el apoyo de todos los hispanohablantes. Somos el hermano menor que pasa por un momento difícil; sin embargo, como no tenemos representación diplomática propia, a menudo la comunidad hispana del mundo nos excluye de actividades a las que debemos asistir por derecho propio, como es el caso de las cumbres de jefes de estado ibero-americanos. La poca representación que tenemos en el mundo es vicaria, por medio de los hermanos cubanos, que nunca nos han olvidado. Desde la otorgación del Premio Príncipe de Asturias también hemos visto un fuerte apoyo de la prensa española. A ambos les damos las gracias.

El español de Puerto Rico está vivito, coleando y dando candela... como decimos los puertorriqueños. Todos los días luchamos para que siempre sea así. ¿Cómo pueden ayudarnos los demás hispanohablantes?

  1. Háganle saber al mundo que en Puerto Rico el español sigue vivo y en lucha, porque es la verdad.
  2. Incluyan a Puerto Rico en todas la actividades que atañen al mundo hispano, porque somos hispanos.
  3. Conozcan en lo posible nuestra literatura e inclúyanla en sus antologías de literatura hispanoamericana, porque somos hispanoamericanos.
  4. Envíen copia de este artículo a todos sus amigos, para que se enteren.

Muchas gracias.
 

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Un cuento de Luis López Nieves (No está mal. Se salva)

La absolución

Tarde en la noche, bajo la lluvia, el carruaje se detuvo frente a la mansión. Los lacayos corrieron a colocar la banqueta bajo la portezuela, para que el Obispo y sus dos sacerdotes pudieran bajar sin esfuerzo. Al inclinarse, la peluca blanca de uno de los sirvientes estuvo a punto de caer en el fango, pero éste la detuvo a tiempo, sin que los clérigos se distrajeran por su torpeza. El Obispo delgado, de carnes rosadas, vestía la ropa suntuosa que exigía la ocasión. Los sacerdotes, más modestos en el acicalamiento, se limitaban a cargar los Santos Óleos y la Eucaristía.

El zaguán estaba repleto de gente del pueblo con velas y linternas en las manos. Olía a lluvia, a humedad, a noche tras noche de llovizna empedernida sin el respiro de una luna llena. Algunas mujeres lloraban. Los lacayos le abrieron paso a los clérigos, pero al llegar a la puerta tuvieron que detenerse y esperar junto a los demás. Pasaron treinta minutos. Sesenta minutos. Dos horas. Primero los lacayos trajeron banquetas para que los clérigos descansaran. Luego trajeron tazones con agua fresca, que el Obispo generosamente compartió con los desconocidos que hacían guardia, como él, frente a la puerta del famoso moribundo.

Al fin, tras una espera que rebasó las tres horas, la sirvienta abrió la puerta y les hizo señas a los clérigos, quienes entraron a la mansión en silencio.

-La sobrina y el médico duermen al fin -dijo la mujer-. El amo muere.

Llevó a los religiosos a una habitación pequeña, oscura, calurosa. Con la cabeza recostada sobre varios almohadones de pluma, el moribundo miraba hacia la puerta con los labios apretados. Era muy viejo y no llevaba peluca.

-Hijo -dijo el Obispo, sentándose al lado de la cama- ¿ya no maldices a Dios?

-No -dijo el moribundo con voz cansada. Los clérigos no pudieron disimular la alegría.

Los dos sacerdotes se congratularon con una sonrisa, mientras el Obispo, el pecho inflado, miraba al moribundo con ojos condescendientes.

-¡Alabado sea! Al fin has visto la luz, hijo mío. ¿Quieres confesión?

-No -dijo el anciano, cada vez más débil y cerca de la muerte. La vida se le vaciaba como una jarra quebrantada.

El regocijo de los sacerdotes se convirtió en un angustiado desconcierto. El Obispo, entristecido, se enderezó la peluca blanca que le caía hacia el lado derecho.

-Pero has dicho que no lo maldices, que ¡crees en tu Creador!

-No puedo maldecir lo que no existe, idiota -dijo el moribundo con sus últimas energías.

Los ojos del cura que cargaba los Santos Óleos se llenaron de lágrimas.

-Es tu última oportunidad -insistió el Obispo.

-Acércate -dijo el moribundo, levantando una mano.

El Obispo acercó el oído. Los sacerdotes, ansiosos por escuchar, casi se recostaron sobre las espaldas del prelado.

-Váyanse a la mierda -dijo el anciano, y expiró.

Los sacerdotes, atónitos, tardaron varios minutos en reaccionar.

-Excelencia -dijo el que llevaba los Santos Óleos- lo vi en sus ojos.

-¿Qué viste? -preguntó, sorprendido, el sacerdote que llevaba la Eucaristía.

-Quiso arrepentirse -continuó el de los Santos Óleos-, pero el maldito Demonio...

-...le llenó la boca de vil blasfemia y pecado -remató el Obispo.

El sacerdote que llevaba la Eucaristía estuvo a punto de decir algo, pero se detuvo: De su rostro desapareció todo signo de curiosidad. Los tres guardaron silencio otros minutos, contemplando sin cesar el cuerpo inerte del hombre de letras.

-Tengamos piedad de su alma -dijo el que llevaba los Santos Óleos, mientras abría los frascos de aceite exquisito.

-Tengámosla -asintió el Obispo.

Cuando los religiosos regresaron a la puerta principal de la mansión ya el pueblo conocía la noticia de la muerte del filósofo. Algunos lloraban, varios tenían la mirada pasmada, otros guardaban silencio. Todos sabían que algo importante había pasado allí esa noche: La muerte de un hombre que no era como ellos. El Obispo se dispuso a hablarle a su rebaño. Los lacayos acercaron velas a su rostro.

-Hijos míos: regocijaos. Voltaire, el más grande sacrílego de todos los tiempos, vio la luz en los últimos minutos de su vida y pidió la absolución. Dísela. Vio el rostro de Dios. Que descanse en paz.

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22/10/2007

Uno de mis poemas preferidos

INVASOR

El soldado miraba a la niña vietnamita

 

en completo asombro:

-Así es que también hablas francés-

-Sí- sonrió ella -Hablo francés e inglés,

cantonés y...

-Pero, no entiendo -interrumpió él-

¿En qué idioma piensas?

-Pienso en el idioma- dijo ella-

del pequeño detalle:

como alitas de grillo,

granos de arroz,

suspiros,

o la luz de una vela...

Y pienso en el idioma- continuó-

de la inmensidad:

como estrellas,

campos de arroz,

agua,

o un corazón.

...

El la contempló largamente

tratando de capturar

el brillo tangencial de su mirada...

y

se

quedó

en s i l e n c i o.

Cecilia Castillo

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Un cuento de Chéjov

El gordo y el flaco
[Cuento. Texto completo]

Anton Chejov

En una estación de ferrocarril de la línea Nikoláiev se encontraron dos amigos: uno, gordo; el otro, flaco.

El gordo, que acababa de comer en la estación, tenía los labios untados de mantequilla y le lucían como guindas maduras. Olía a Jere y a Fleure d'orange. El flaco acababa de bajar del tren e iba cargado de maletas, bultos y cajitas de cartón. Olía a jamón y a posos de café. Tras él asomaba una mujer delgaducha, de mentón alargado -su esposa-, y un colegial espigado que guiñaba un ojo -su hijo.

-¡Porfiri! -exclamó el gordo, al ver al flaco-. ¿Eres tú? ¡Mi querido amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte!

-¡Madre mía! -soltó el flaco, asombrado-. ¡Misha! ¡Mi amigo de la infancia! ¿De dónde sales?

Los amigos se besaron tres veces y se quedaron mirándose el uno al otro con los ojos llenos de lágrimas. Los dos estaban agradablemente asombrados.

-¡Amigo mío! -comenzó a decir el flaco después de haberse besado-. ¡Esto no me lo esperaba! ¡Vaya sorpresa! ¡A ver, deja que te mire bien! ¡Siempre tan buen mozo! ¡Siempre tan perfumado y elegante! ¡Ah, Señor! ¿Y qué ha sido de ti? ¿Eres rico? ¿Casado? Yo ya estoy casado, como ves... Ésta es mi mujer, Luisa, nacida Vanzenbach... luterana... Y éste es mi hijo, Nafanail, alumno de la tercera clase. ¡Nafania, este amigo mío es amigo de la infancia! ¡Estudiamos juntos en el gimnasio!

Nafanail reflexionó un poco y se quitó el gorro.

-¡Estudiamos juntos en el gimnasio! -prosiguió el flaco-. ¿Recuerdas el apodo que te pusieron? Te llamaban Eróstrato porque pegaste fuego a un libro de la escuela con un pitillo; a mí me llamaban Efial, porque me gustaba hacer de espía... Ja, ja... ¡Qué niños éramos! ¡No temas, Nafania! Acércate más ... Y ésta es mi mujer, nacida Vanzenbach... luterana.

Nafanail lo pensó un poco y se escondió tras la espalda de su padre.

-Bueno, bueno. ¿Y qué tal vives, amigazo? -preguntó el gordo mirando entusiasmado a su amigo-. Estarás metido en algún ministerio, ¿no? ¿En cuál? ¿Ya has hecho carrera?

-¡Soy funcionario, querido amigo! Soy asesor colegiado hace ya más de un año y tengo la cruz de San Estanislao. El sueldo es pequeño... pero ¡allá penas! Mi mujer da lecciones de música, yo fabrico por mi cuenta pitilleras de madera... ¡Son unas pitilleras estupendas! Las vendo a rublo la pieza. Si alquien me toma diez o más, le hago un descuento, ¿comprendes? Bien que mal, vamos tirando. He servido en un ministerio, ¿sabes?, y ahora he sido trasladado aquí como jefe de oficina por el mismo departamento... Ahora prestaré mis servicios aquí. Y tú ¿qué tal? A lo mejor ya eres consejero de Estado, ¿no?

-No, querido, sube un poco más alto -contestó el gordo-. He llegado ya a consejero privado... Tanto dos estrellas.

Súbitamente el flaco se puso pálido, se quedó de una pieza; pero en seguida torció el rostro en todas direcciones con la más amplia de las sonrisas; parecía que de sus ojos y de su cara saltaban chispas. Se contrajo, se encorvó, se empequeñeció... Maletas, bultos y paquetes se le empequeñecieron, se le arrugaron... El largo mentón de la esposa se hizo aún más largo; Nafanail se estiró y se abrochó todos los botones de la guerrera...

-Yo, Excelencia... ¡Estoy muy contento, Excelencia! ¡Un amigo, por así decirlo, de la infancia, y de pronto convertido en tan alto dignatario!¡Ji, ji!

-¡Basta, hombre! -repuso el gordo, arrugando la frente-. ¿A qué viene este tono? Tú y yo somos amigos de la infancia. ¿A qué viene este tono? Tú y yo somos amigos de la infancia, ¿a qué me vienes ahora con zarandajos y ceremonias?

-¡Por favor!... ¡Cómo quiere usted...! -replicó el flaco, encogiéndose todavía más, con risa de conejo-. La benevolente atención de Su Excelencia, mi hijo Nafanail... mi esposa Luisa, luterana, en cierto modo...

El gordo quiso replicar, pero en el rostro del flaco era tanta la expresión de deferencia, de dulzura y de respetuosa acidez, que el consejero privado sintió náuseas. Se apartó un poco del flaco y le tendió la mano para despedirse.

El flaco estrechó tres dedos, inclinó todo el espinazo y se rió como un chino: "¡Ji, ji, ji!" La esposa se sonrió.

Nafanail dio un taconazo y dejó caer la gorra. Los tres estaban agradablemente estupefactos.

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14/10/2007

Acerca de las ciudades, mis ciudades

Las ciudades que yo amo

tienen olor a tierra.

También, a veces,

sospechas de muerte.

 

Camino por sus calles

como desflorándolas:

ahí estaban, para mí,

antes de la lluvia.

Antes de los pasos de otros.

 

En Arica, las veredas cálidas

con halos amarillos, y palmeras

y amigos aromados de jazmín.

 

En Antofagasta, la calle

se alarga barrida por brisa pirata

robando adolescencia, abrazando utopía.

 

En La Serena, todas las flores

en mi oído, brotando tenues.

Color, sabor, primavera de mi infancia.

 

Pero,

en Iquique, el sol

revienta con el viento festinándose en las rocas

sal-

    sonrisa-

             otoño-

                    aquí-

                          siempre-

                                   todo-

y un rocío de olas

y un olor de espuma

y estas ansias de mar,

                      de mar,

                             de mar...


 

                                    Cecilia Castillo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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10/10/2007

En lugar de estar quejandome, mejor vuelvo a la poesia. Retomo unos boleros que habia por ahi y escribo otros nuevos...


 

CONTIGO

"Tus labios me enseñaron

                                                 a sentir lo que es ternura"

 

 

Cuánto tiempo sin tu sonrisa

y tu abrazo en mi brazo es

sólo un tenue recuerdo.

Sin embargo

una flor, una ola, un suspiro

son presencia vibrante

de tu propia ternura.

En la danza de voces nocturnas

y crujidos del día,

tu recuerdo encarnado vence

miedos, soledades.

Donde tu mano fértil

donde tu obra

quiero estar

cercana, tuya.

Donde no estorbe

donde tal vez entibie

la hora ingrata,

cansancios,

temores.

Quiero estar, permíteme,

tenme

en el fondo del bolsillo

de tu camisa.

 

 

TRIUNFAMOS


            "que el cielo dé explicación..."


Une tu voz a mi voz

en este triunfal bolero.

No me importa que mañana

debamos encender la luz.

No importa que mañana

estés

"por mandato divino"

gozando de otros brazos

que no estos

sin fuerza ya,

sin vida.

¿Por qué ocultar que

languidezco

desde antes de

tu partida?

Une tu cintura a la mía

y boleréame,

boleréame.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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03/10/2007

Esto, también es poesía... digo...


CRUZADAS DE HOY

Cecilia Castillo

 

Tendré que revisar

algún texto de historia.

Las cruzadas- me parecía

a mi-

eran cosa de hace varios,

varios siglos.

Sin embargo las noticias,

televivas, satelitales, instantáneas

me muestran insistentes

espada con forma de cruz

espada con cara de estrella

tintas en sangre de Ismael.

Y, Abraham,

que no puede elegir entre Caín o Abel,

(porque Abraham no sabe cuál es Caín

cuál es Abel),

llora su entraña en dolor por sus hijos.

Sube al monte y,

perdida ya la razón,

junto a la zarza ardiendo,

mira insistentemente su cuchillo

de sacrificio...

 


















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