26/11/2007

UN MAESTRO, MARGARITA Y LOS ESCRITORES

      
     Mikhail Bulgakov nació en Kiev, Ukrania en 1891 y murió en 1940. La obra de este novelista y dramaturgo de ojo agudo para la crítica de la naturaleza humana y la realidad social de su época, ha soportado una variada gama de interpretaciones de lo que "quiso decir"; especialmente de parte de los eternos detractores de la Unión Soviética. La novela póstuma de Bulgakov, El Maestro y Margarita, a la cual dedicó sus últimos diez años de vida en intenso trabajo, fue publicada en su país en 1966, y en Alemania en 1969. Rápidamente traducida a varios idiomas, el castellano entre ellos, se hizo entonces conocida en los países occidentales.

     La originalidad en el tratamiento del tema, el imaginativo uso de recursos literarios, la maestría en la creación de los personajes, sólo pueden ser apreciados mediante la lectura de esta novela. Más aún, lecturas repetidas, entregan nuevos deleites al lector sensible. El humor, desde fino a insolente; la amargura, punzante y tensa; la postura filosófica; sobreviven, felizmente, al proceso siempre lastimante de la traducción. Para el creyente, la figura doliente y tiernísima de su Cristo, es inolvidable. La construcción de su principal personaje femenino, Margarita, se adelanta definitivamente a su época.

     Además de todo el placer literario que entrega esta obra, creo, en lo personal, que uno de los pasajes más contundentes de El Maestro y Margarita, es aquel en que el autor descarga afilada sátira sobre su propio gremio: los escritores. En el relato, dos pícaros miembros del séquito de Satanás están tratando de ingresar al edificio de la Asociación de Escritores, cuyo restaurante, el mejor aprovisionado de Moscú, tiene además precios económicos. Naturalmente que el acceso está limitado a los literatos asociados y que puedan probar su membrecía mediante carnet. Estos personajes son extremadamente pintorescos: Koróviev, un individuo muy largo y flaco, con gorrita de jockey y unos impertinentes con un vidrio bueno y el otro quebrado, y Popota, un enorme gato negro que habla y actúa como si fuese humano. A la entrada de la terraza del restaurante, una ciudadana "pálida y aburrida" controla a quienes ingresan y registra sus nombres y firmas.

 

     "Y precisamente esa ciudadana paró a Koróviev y a Popota.

     -Los carnets, por favor- dijo ella mirando sorprendida los impertinentes de Koróviev y el hornillo de Popota y su codo roto.

     -Mil perdones, pero, ¿qué carnets?- preguntó Koróviev extrañado.

     -¿Son ustedes escritores?- preguntó a su vez la ciudadana.

     -Naturalmente- contestó Koróviev con dignidad.

     -¡Sus carnets!- repitió la ciudadana.

     -Mi encanto...- empezó dulcemente Koróviev.

      -No soy ningún encanto- le interrumpió la ciudadana.

     -¡Ah! ¡Qué pena!- dijo Koróviev con desilusión y continuó-: Bien, si usted no desea ser un encanto, lo cual habría sido muy agradable, puede no serlo. Dígame, ¿es que para convencerse de que Dostoievski es un escritor, es necesario pedirle su carnet? Coja cinco páginas cualesquiera de alguna de sus novelas y se convencerá sin necesidad de carnet de que es escritor. ¡Y me sospecho que nunca tuvo carnet! ¿Qué crees?- Koróviev se dirigió a Popota.

     -Apuesto a que no lo tenía- contestó Popota, dejando el hornillo en la mesa junto al libro y secándose con la mano el sudor de su frente manchada de hollín.

     -Usted no es Dostoievski- dijo la ciudadana desconcertada, dirigiéndose a Koróviev.

     -¿Quién sabe? ¿quién sabe?- contestó él.

     -Dostoievski ha muerto- dijo la ciudadana, pero no muy convencida.

     ¡Protesto!- exclamó Popota con calor-¡Dostoievski es inmortal!

     -Sus carnets, ciudadanos- dijo la ciudadana.

     -¡Esto tiene gracia!- no cedía Koróviev-. El escritor no se conoce por su carnet, sino por lo que escribe."

 

     Esta prueba de calidad (en estos tiempos de pruebas),"Coja cinco páginas cualesquiera de alguna de sus novelas", ¿será aplicable en nuestro medio?, ¿cuántos escritores, con carnet o sin carnet, la pasarían exitosamente?

     Creo, en la universalidad de Bulgakov.

Posted by cecilia castillo at 01:47:55 | Permanent Link | Comments (5) |

23/11/2007

Un poema de Oscar Hahn. EL poema.

UNA NOCHE EN EL CAFÉ BERLIOZ


Yo he visto su cara en otra parte le dije
cuando entró en el Café Berlioz

Soy de otra dimensión contestó sonriendo
y avanzó hacia el fondo del salón

Ella finge escribir en su mesa de mármol
pero me observa de reojo

Desde mi mesa veo su cuello desnudo

Como un aerolito cruzó mi mente
el rostro de Muriel mi amante muerta

Usted es zurda le dije acercándome
Hacemos la pareja perfecta

Tomé su lápiz y escribí «te amo»
con mi mano derecha en la servilleta

Rey del lugar común respondió sin mirarme
mientras le echaba azúcar al té

Me ha clavado una estaca en el corazón
Me ha lanzado una bala de plata
Me ha ahorcado con una trenza de ajo

Volví confundido a mi mesa
con la cola de diablo entre las piernas

En este punto las sombras de los clientes
pagaron y se fueron del Café Berlioz

Váyanse espíritus les dije furioso
agitando mi paraguas chamuscado

¿Hay alguna Muriel aquí?
gritó la mesera desde el umbral

Cuando ella caminó hacia la puerta
vi que tenía una rosa en la mano

Por favor tráiganme la cuenta
que ya está por salir el sol

La lluvia penetra por los agujeros de mi memoria

Muriel Muriel
¿por qué me has abandonado?

Posted by cecilia castillo at 03:01:42 | Permanent Link | Comments (0) |

15/11/2007

Mi generación

Un alumno de primero medio me preguntó, ¿Qué quieren decir ustedes tía (ya no profe, ahora tía) cuando hablan de “mi generación”?

Terrible. Me dio un poco de vergüenza, así es que me contesté solo para mi misma: Mi generación, los que conocimos la televisión después de los 20. Y que no encendíamos la radio antes de pedir permiso, y esperábamos al papá para que pusiera el tocadiscos porque cuidado con la aguja.

Los que tecleábamos en máquinas mecánicas a las que había que ponerle cinta y papel calco entre las hojas. Y las multicopias las hacíamos en una cajita con gelatina. Porque no había fotocopiadoras ni impresoras y el papel era de papel y no de plástico.

Los que llevábamos un bolsón heredado al colegio, con libros también heredados, cuadernos verdes y plumas R.

Los que disolvíamos el shampoo Sinalca en una taza vieja con un poquito de agua, y alguna vez usamos Glostora y Petróleo Petrizzio.

Los que en lugar de protestar porque el computador “no se abre” pronto, teníamos la paciencia de esperar una semana entera al “Zunco” con el Peneca para saber si el Príncipe Valiente había encontrado o no a Genoveva.

Las que teníamos que almidonar imposibles camisas de popelina porque aun no llegaba el “wash and wear”. Y zurcimos calcetines que eran carísimos porque estaban hechos de hilo o algodón.

Los que aprendimos a hablar por teléfono con el estómago apretado de timidez preguntando a la misteriosa telefonista: ¿Me comunica con el número xxx por favor señorita?

Las que nos casamos antes vivir juntos y antes de tener hijos, a los que les pusimos pañales hechos de lienzo por nosotras mismas, los que lavábamos a mano y con jabón. Les rallamos zanahorias para hacer el jugo que les dábamos en un “patito”.

Hacíamos la masa de la pizza , las empanadas y las sopaipillas. Comíamos papitas fritas directamente de la sartén. Fabricábamos nuestra propia mayonesa, la salsa de tomates, el dulce de membrillos y la mermelada. El flan de leche, el budín de pan y las tortas. El puré prensando papas verdaderas y las humitas moliendo choclos y ordenando chalas. Porque comer afuera era algo sólo visto en las películas.

Los que saludábamos a las vecinas y les dábamos la pasada y el asiento a los viejos, a quienes no llamábamos viejos y los tratábamos de usted.

Mi generación es la generación perdida. Los que fuimos criados y educados para un mundo que ya no existe, porque cambió de repente, deslizándose bajo nuestros pies.

Posted by cecilia castillo at 09:55:18 | Permanent Link | Comments (2) |