24/05/2007

EL MEJICANO

 

                                         Arkady Averchenko

En un banco del jardín público, una lindísima joven estaba sentada a la sombra de un corpulento tilo secular.

Me sorprendió agradablemente su belleza, y me detuve.

Fingiendo una agobiadora fatiga, me aproximé al banco, arrastrando los pies como si me faltasen las fuerzas, y me senté a su lado.

Estaba dispuesto a hablar con ella de lo primero que se me ocurriera para hacerme amigo suyo

Sus hermosos ojos de largas pestañas parecían absortos en la contemplación de las puntas de sus botitas.

Después de respirar a pleno pulmón, como si me dispusiera a tirarme de cabeza al mar, exclamé:

—¡No comprendo a esos mejicanos! ¿Por qué andan siempre a la greña? ¿Por qué se pasan la vida derribando gobiernos, matando Presidentes y cambiándolos por otros? ¿Por qué derraman torrentes de sangre sin cesar? No consigo explicármelo. Yo creo que todo ciudadano tiene derecho a una vida tranquila. Es un derecho elemental, ¿verdad, señora?

Los hermosos ojos de largas pestañas contemplaron durante un instante la senda frontera y se pusieron de nuevo a estudiar las botitas de su propietaria.

Volví a la carga tras una breve pausa.

—Casi a diario se libran batallas sangrientas en Méjico. A mi juicio, el pueblo no gana nada con eso. Es más, creo que pierde. ¿No opina usted así, señora?

Silencio.

«Esta mujer —dije para mi capote— es de piedra. No hay forma de sacarla de su mutismo.»

Alcé las pupilas al cielo y murmuré arrobado:

—¿Dónde estará mi abuelita en este momento? ¿Qué hará? ¿Se acordará de mi?

Silencio. Los labios de la joven parecían sellados.

Entonces pregunté:

—¿Le molesta a usted el humo?

Finalmente, la joven despegó los seductores labios, de los que brotó, breve y seca, la sílaba:

—¡No!

—A mí tampoco me hubiera molestado el humo de un buen cigarro, pero se me ha olvidado comprarlo. ¡Qué memoria, Dios mío! Es para desesperarse... ¿Este árbol es un tilo?

—Si.

Estaba visto que sólo respondía a las preguntas no retóricas.

—Gracias. La botánica es mi debilidad. También me gusta la zoología... y la química... y la obstetricia... La ciencia es el sol que disipa las tinieblas de la existencia.

Mi interlocutora —por darle este nombre— parecía sumida en un profundo sueño.

—Hace mucho tiempo —proseguí— que no recibo carta de Moscú y estoy inquieto. Crea usted que hace más de una semana, de dos que no me escriben. ¡Hace tres meses!... ¿A qué lo atribuye usted?

La joven debía de suponer algo muy terrible, porque no me contestó.

—Perdón, señora. ¿No es usted de Moscú? —le pregunté.

Volvió lentamente la cabeza hacia mí. Sus ojos despedían centellas.

—¡Oiga usted, caballero! Lo que me subleva no es la insolencia con que interpela usted a una mujer sola; desgraciadamente, esto es ya una costumbre. Lo que me subleva es que se entregue usted de lleno a ese ejercicio, que olvide en poco tiempo las fisonomías de las mujeres a quienes importuna. Su mala memoria es imperdonable.

—Señora...

—Hará unos tres meses, caballero, que yendo yo a su lado en un tranvía, empezó a hablarme del próximo eclipse de luna...

—¡Oh, la astronomía es mi pasión: Flammarión...

—Yo fui tan estúpida que le contesté y... me acompañó usted a casa. Y ahora en su frívolo, en su desmemoriado, en su aborrecible donjuanismo me confunde con una mujer desconocida...

—¡Cuán dichoso soy! —exclamé, quitándome el sombrero—. ¿De manera que usted tampoco ha olvidado aquel memorable encuentro?

—¡Ah! Conque lo recordaba, ¿eh?

—¿Cómo no había de recordarlo? Su recuerdo quedó grabado para siempre en mi corazón. Ha sido un ardid el simular ahora que no la conocía a usted.

—¿Un ardid?

—Sí. He querido comprobar si se acordaba usted de mí. ¿Cómo ha podido usted pensar que la había olvidado? ¡No se olvidan los momentos de felicidad, de dicha suprema!... Penetré en el coche, a pesar de mi costumbre inveterada de viajar en la plataforma, atraído por la belleza de usted. Usted iba a la izquierda...

—No, señor; a la derecha.

—A la derecha de la plataforma anterior: pero a la izquierda de la posterior. Llevaba usted sombrero, ¿verdad?

—Me parece que sí.

—¡Vaya que sí lo llevaba! Lo recuerdo muy bien. También recuerdo que un viajero le dio al cobrador un billete de cinco rublos, y el cobrador le devolvió en monedas grandes y chicas los cinco rublos menos algunas «copeicas».

—¡Qué observador es usted!

—Recuerdo asimismo que salimos por la puerta anterior.

Mis recuerdos se agotaron. Enmudecí.

La joven se puso en pie y me dijo:

—Si la necedad es un don del cielo, hay que convenir en que los dioses se han mostrado muy generosos con usted.

—¡Muy amable!

—No le conozco a usted. No le he visto en mi vida. Lo del tranvía y lo del eclipse de luna ha sido un ardid.

—¿Un ardid? ¿Para qué?

—Para convencerme de que las mujeres a quienes usted aborda y a veces conquista, porque algunas conquistará, no dejan huella alguna en su corazón ni en su memoria; para convencerme de que es usted un ridículo «Don Juan» callejero. ¡Adiós, señor mejicano! Siga usted entregado a sus meditaciones sobre los destinos de Méjico.

La joven se marchó.

Permanecí un rato sentado; luego me levanté y me dirigí a la salida del jardín. Pero así que hube avanzado veinte o treinta pasos, distinguí a una joven con sombrero negro, sentada en un banco, debajo de otro tilo.

Simulando otra vez una gran fatiga, me acomodé, o mejor dicho, casi me desplome, junto a ella. Y comencé a hablar de esta manera:

—Hay personas que no creen en las ciencias ocultas. A mi juicio, tienen razón. Usted me dirá que la existencia de fuerzas misteriosas en la Naturaleza se puede negar; mas yo me atreveré a objetar...

 

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EL ABOGADO Arkady Averchenko

                                        Cada fracaso le enseña al hombre

                                        algo que necesitaba aprender.

                                                                       DICKENS
 
 
I
-Puede usted felicitarme -me dijo un joven conocido con su rostro redondo iluminado por una sonrisa de felicidad-. Acabo de obtener el título de abogado.
-¿De verdad?
-¡Palabra de honor! -dijo con gravedad.
-¿No se trata de una broma? -le pregunté.
-Amigo mió -contestó en tono docente-; los hombres que como yo constituyen la guardia de honor de la Ley, no bromean. Los defensores de los oprimidos, los escuchas de las grandes tradiciones jurídicas, los pontífices del templo de la Justicia no tienen derecho a bromear...
Y después de mirarme unos instantes en silencio, sin duda para comprobar el efecto que sus importantes palabras me habían producido, añadió:
-¿Necesita usted los servicios de un abogado?
Me di una palmada en la frente.
-¿Cómo no he de necesitarlos? Nosotros, los directores de periódicos, somos a menudo víctimas de persecuciones... La semana que viene seré procesado, con motivo de la noticia que publiqué sobre la barbarie de un oficial de policía.
-¿Qué ha hecho ese oficial?
-Le pegó una paliza a un judío.
-No lo entiendo. Si quien le ha pegado la paliza al judío ha sido el oficial ¿Por qué le van a juzgar a usted?
-Porque esta prohibido publicar noticias de este género, que al parecer menoscaban el prestigio de las autoridades. Sin duda la paliza ha sido confidencial, no destinada, en modo alguno, a la publicidad.
-Bueno. Me encargo de ese asunto, aunque es difícil, muy difícil.
-No sabe cuánto lo celebro. Usted me dirá cuáles serán los honorarios...
-Los que cobran todos los abogados.
-Le agradecería que fuera un poco más explícito.
-¡El diez por ciento, hombre de Dios!
-¿De modo que si me condenan a tres meses de cárcel, usted estará en chirona nueve días en lugar mió?... Estoy dispuesto a cederle a usted el cincuenta por ciento.
El joven jurisconsulto repuso con ribetes de desconcierto:
-¿Pero es que no va usted a solicitar una indemnización pecuniaria?
-Me gustaría saber a quién. ¿Al Tribunal? ¿Al oficial de policía? ¿Al judío, porque, al permitir que le pegasen, ha sido en cierta forma la causa de un procesamiento?
El joven abogado estaba completamente desconcertado.
-¿Quién me pagará entonces? Como usted supondrá, no voy a trabajar de balde. El título me ha costado un ojo de la cara.
-Como se trata de un proceso político...
-En los procesos políticos, ¿no cobra el defensor?
-Si es un abogado que se estima, no.
-¡Pues nada, no cobraré ni una "copeica"! ¡Haré ese sacrificio en aras de la libertad!
-¡Gracias! ¡Choque la mano!

II
El joven me explicó la base de su defensa.
-Usted dirá -me aconsejó- que no ha editado tal noticia.
-¡Alto! El periódico en que la noticia ha sido publicada servirá a los jueces de pieza de convicción.
-¿Ah, sí? ¡Qué imprudencia ha cometido usted...! Entonces será preferible que declare que el periódico no es de su .propiedad.
-¡Pero si figura m: nombre bajo el titulo y junto a la palabra "director"!
-Pero si usted afirma que no lo sabía...
-¡No, no puede ser! Nadie ignora en Petersburgo que el director del periódico soy yo.
-Pero el tribunal no llamará a deponer a todo Petersburgo... Por otra parte, puede decir que la noticia ha sido publicada en ausencia de usted.
-Sería una mentira inútil a todas luces: como director soy responsable de cuanto se publica en el periódico.
-¿Ah, si?... ¡Vaya, vaya...! Y dígame: ¿por qué ha publicado usted esa noticia tan estúpida?
-¡Hombre!
-¿Qué necesidad tenía usted de inmiscuirse en un asunto privado entre un policía y un judío? ¡Ustedes, los periodistas, se meten en todo!
Bajé los ojos avergonzado, arrepentido de mi inconsciencia.
El joven se apresuró a cambiar de tono al ver mi remordimiento.
-En fin, no soy yo el llamado a acusarle: de eso se encargarán los jueces. Yo soy su defensor. ¿Y qué duda cabe de que saldrá usted absuelto?

III
Cuando entramos en la Sala, mi abogado palideció tanto, que me creí en el caso de decirle al oído, sosteniéndole, temeroso de que se desmayara:
-¡Ánimo, amigo mío!
-¡Es maravilloso! -susurró tratando de disimular su turbación-. La Sala está casi vacía, a pesar de tratarse de un sensacional proceso político.
En efecto, los únicos bancos públicos ocupados lo estaban por dos estudiantes que, sin duda, habían leído en la prensa la noticia de mi proceso y querían verme condenar. O quizá estaban resueltos a ejecutor algún acto heroico para salvarme. ¿Quién sabe? Su aire era en extremo decidido, y se leía en sus rostros un odio feroz a nuestro régimen político y un amor sin límites a la libertad. Acaso su propósito fuera sacarme a viva fuerza de la Sala si el veredicto era condenatorio, y huir conmigo a las praderas del Oeste salvaje, destinadas a ser escenario de mis tremebundas hazañas.
Sin prestar apenas atención, oí la lectura del acta de acusación. Mi pobre abogado atraía casi por entero mi interés, porque su aspecto, en aquel momento, era muy perecido al del héroe de la obra del Víctor Hugo: "El último día de un condenado a muerte".
-¡Ánimo! -volví a aconsejarle.
-El señor defensor tiene la palabra -dijo con acento majestuoso el Presidente, una vez terminada la lectura del acta.
Mi abogado continuó hojeando sus papeles, como si aquello no le interesara poco ni mucho.
-El señor defensor tiene la palabra.
-¡Empiece usted su discurso! -susurré, dándole al joven un codazo en la cadera.
-¿Qué...? ¡Ah, sí! ¡En seguida!
Se puso en pie. Se tambaleaba. "Este muchacho -pensé- va a desplomarse encima de mí"
-Suplico a los señores jueces que aplacen la vista del proceso -balbuceó.
-¿A santo de qué? -exclamó atónito el presidente.
-Para citar testigos.
-¿Con qué objeto?
-Con el de probar que cuando se publicó la noticia de autos, el condenado...
-El acusado -rectificó el presidente-. No se le ha sentenciado aún.
-Ha sido un "lapsus", señor presidente. Con el fin de probar que cuando se publicó la noticia de autos el condenado, digo el acusado, estaba fuera.
-Es indiferente. Como director es responsable de cuanto se publica en el periódico.
-¡Ah, naturalmente, me había olvidado! Sin embargo, yo creo que...
Mi mano agarro convulsivamente el faldón de la levita del abogado y tiré con violencia.
-¡No reitere usted! -cuchichee.
El letrado se encaró conmigo. Su palidez iba en aumento. Sus temblorosas manos se apoyaban en la mesa.
-¿Que no reitere? De acuerdo... Señores jueces, señores jurados...
Nuevo estirón
-Jurados, no. ¡Aquí no hay jurados!
-Es lo mismo... Señores Jurados, si los hubiera, que debía haberlos aquí en representación de la opinión pública...
Campanillazo presidencial.
-Ruego al señor defensor que se abstenga de toda manifestación política personal.
-Señor presidente... El calor de la improvisación...
Largo silencio. El orador ya no estaba pálido: estaba sencillamente lívido. De repente, con la brusca resolución de un jugador desesperado que apuesta a una carta todo el dinero que le queda, gritó:
-Señores jueces: tengo el honor de manifestarles que en el supuesto delito de mi defendido concurren circunstancias excepcionales.
Expectación. "¿Qué excepcionales circunstancias serán esas?", pensé.
-¡Declárelas su señoría!
-¡Al punto, señor Presidente! Señores jueces: mi defendido es inocente. Es un hombre- le conozco a fondo- incapaz de delinquir. Su moral es elevadísima.
El joven abogado consumió de un trago un vaso de agua.
-¡Palabra de honor, señores jueces! Mi defendido, testigo presencial de la paliza policíaca...
-¿Yo? -protesté en voz baja- ¡No siga por ese camino!
-¿No? Bueno... no diré que fuese testigo presencial de la paliza policíaca, pero... señores jueces, la vida de nuestros periodistas es un verdadero calvario de privaciones y miseria. Pesan sobre ellos multas, confiscaciones, denuncias... Y con harta frecuencia están faltos, ¡ah, señores!, hasta de un pedazo de pan que llevarse a la boca. Hallándose mi defendido, periodista entusiasta, periodista de los que ponen toda su energía en el ejercicio de su profesión; hallándose mi defendido, señores, en una situación económica desesperada, compareció en su casa un judío que le relató su caso: un oficial de policía le había pegado; y le ofreció determinada suma de dinero por publicar la noticia en su periódico. La tentación, señores jueces, era demasiado fuerte y mi defendido...
-¡Señor letrado! -interrumpió lleno de asombro el Presidente.
-¡Déjeme su señoría continuar! -chilló mi defensor en un verdadero frenesí de audacia-. Mi defendido redactó la noticia para ganarse el pan. ¿Es eso un delito? ¡Yo os aseguro, con la mano sobre el corazón, que no lo es!
Tosió, bebió otro vaso de agua y. llevándose la mano al lado izquierdo del pecho, prosiguió:
-Mi cliente posee una conciencia tan limpia como la nieve que blanquea las sublimes cimas del Everest. Es, sencillamente, la víctima de las dificultades de la vida, de la miseria, del hambre. Mi defendido, señores jueces, es, asimismo, una de las grandes esperanzas de nuestras letras si le condenáis... Mas no, no le condenaréis, no osaréis condenarle... ¡Cuarenta siglos os contemplan!
-El acusado tiene la palabra -dijo el Presidente, en cuya faz seria y avejentada se dibujó una imperceptible y disimulada sonrisa.
Yo me levanté e hilvané el siguiente discurso:
-Señores jueces: permitidme algunas palabras en defensa de mi abogado. Es un joven que acaba de recibir su título ¿Qué sabe de la vida? ¿Qué ha aprendido en la Universidad? Aparte de unas cuantas artimañas jurídicas y cuatro o cinco frases célebres, lo ignora todo. Con este bagaje científico que cabe en una punta de un pañuelo, empieza hoy a vivir. ¡No le juzguéis demasiado severamente, señores jueces! Tened compasión del pobre mozo y no consideréis un crimen lo que no es sino ignorancia y candidez. Además de jueces, sois cristianos. Yo apelo a vuestra generosidad y a vuestros sentimientos religiosos y os ruego que le perdonéis. Tiene aun toda una vida por delante y se corregirá con el tiempo. Estoy seguro, señores jueces, de que obedeciendo a los impulsos de vuestros nobles corazones, absolveréis a mi abogado en nombre de la verdadera justicia, en nombre del verdadero derecho.
Mi discurso emocionó mucho a los jueces. El abogado se llevó el pañuelo a los ojos.
Cuando los jueces acabaron su deliberación y ocuparon de nuevo sus asientos, el presidente declaró:
-El acusado ha sido absuelto.
Poco amigo de frases ambiguas, yo me apresure a preguntar:
-¿Qué acusado?
-Los dos. Usted y su defensor.
Mi defensor fue felicitadísimo. Los dos estudiantes parecían un poco defraudados; sin duda hubieran preferido que yo huera víctima ele la injusticia social.

Mi abogado y yo salimos juntos de la Audiencia y nos encaminamos a Telégrafos, donde mi abogado puso un telegrama que rezaba así:

APRECIADA MAMÁ: ACABO DE DARME A CONOCER COMO ABOGADO, DEFENDIENDO PROCESADO POLÍTICO. HE SIDO ABSUELTO.-
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22/05/2007

... Y un pie

Otro cuento muy bueno, pero en otro tono, (hace sonreir)  es Tres cartas...y un pie de Horacio Quiroga. No lo he encontrado en Internet. Lo tengo en inglés y lo curioso es que me parece mejor todavía. Parece que el traductor era excelente.

Si alguien lo encuentra en la red, se lo encargo.

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19/05/2007

Sin ánimo

Por muy desganada o "sin ánimo" que haya estado, cada vez que me he topado con este cuento me he reído a caracajada limpia. ¿Se lee todavía?

INAMIBLE

Baldomero Lillo

Ruperto Tapia, alias "El Guarén", guardián tercero de la policía comunal, de servicio esa mañana en la población, iba y venía por el centro de la bocacalle con el cuerpo erguido y el ademán grave y solemne del funcionario que está penetrado de la importancia del cargo que desempeña.

De treinta y cinco años, regular estatura, grueso, fornido, el guardián Tapia goza de gran prestigio entre sus camaradas. Se le considera un pozo de ciencia, pues tiene en la punta de la lengua todas las ordenanzas y reglamentos policiales, y aun los artículos pertinentes del Código Penal le son familiares. Contribuye a robustecer esta fama de sabiduría su voz grave y campanuda, la entonación dogmática y sentenciosa de sus discursos y la estudiada circunspección y seriedad de todos sus actos. Pero de todas sus cualidades, la más original y característica es el desparpajo pasmoso con que inventa un término cuando el verdadero no acude con la debida oportunidad a sus labios,

Y tan eufónicos y pintorescos le resultan estos vocablos, con que enriquece el idioma, que no es fácil arrancarles de la memoria cuando se les ha oído siquiera una vez.

Mientras camina haciendo resonar sus zapatos claveteados sobre las piedras de la calzada, en el moreno y curtido rostro de El Guarén" se ve una sombra de descontento. Le ha tocado un sector en que el tránsito de vehículos y peatones es casi nulo. Las calles plantadas de árboles, al pie de los cuales se desliza el agua de las acequias, estaban solitarias y va a ser dificilísimo sorprender una infracción, por pequeña que sea. Esto le desazona, pues está empeñado en ponerse en evidencia delante de los jefes como un funcionario celoso en el cumplimiento de sus deberes para lograr esas jinetas de cabo que hace tiempo ambiciona. De pronto, agudos chillidos y risas que estallan resonantes a su espalda lo hacen volverse con presteza. A media cuadra escasa una muchacha de 16 a 17 años corre por la acera perseguida de cerca por un mocetón que lleva en la diestra algo semejante a un latiguillo. "El Guarén" conoce a la pareja. Ella es sirvienta en la casa de la esquina y él es Martín, el carretelero, que regresa de las afueras de la población, donde fue en la mañana a llevar sus caballos para darles un poco de descanso en el potrero. La muchacha, dando gritos y risotadas, llega a la casa donde vive y se entra en ella corriendo. Su perseguidor se detiene un momento delante de la puerta y luego avanza hacia el guardián y le dice sonriente:

—¡Cómo gritaba la picarona, y eso que no alcancé a pasarle por el cogote el bichito ese!

Y levantando la mano en alto mostró una pequeña culebra que tenía asida por la cola, y agregó:

—Está muerta, la pillé al pie del cerro cuando fui a dejar los caballos. Si quieres te la dejo para que te diviertas asustando a las prójimas que pasean por aquí.

Pero "El Guarén", en vez de coger el reptil que su interlocutor le alargaba, dejó caer su manaza sobre el hombro del carretelero y le intimó.

—Vais a acompañarme al cuartel.

¡Yo al cuartel! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Me lleváis preso, entonces? —profirió rojo de indignación y sorpresa el alegre bromista de un minuto antes.

Y al aprehensor, con el tono y ademán solemnes que adoptaba en las grandes circunstancias, le dijo, señalándole el cadáver de la culebra que él conservaba en la diestra:

—Te llevo porque andas con animales—aquí se detuvo, hesitó un instante y luego con gran énfasis prosiguió—: Porque andas con animales inamibles en la vía pública.

Y a pesar de las protestas y súplicas del mozo, quien se había librado del cuerpo del delito, tirándolo al agua de la acequia, el representante de la autoridad se mantuvo inflexible en su determinación.

A la llegada al cuartel, el oficial de guardia, que dormitaba delante de la mesa, los recibió de malísimo humor. En la noche había asistido a una comida dada por un amigo para celebrar el bautizo de una criatura, y la falta de sueño y el efecto que aún persistía del alcohol ingerido durante el curso de la fiesta mantenían embotado su cerebro y embrolladas todas sus ideas. Su cabeza, según el concepto vulgar, era una olla de grillos.

Después de bostezar y revolverse en el asiento, enderezó el busto y lanzando furiosas miradas a los inoportunos cogió la pluma y se dispuso a redactar la anotación correspondiente en el libro de novedades. Luego de estampar los datos concernientes al estado, edad y profesión del detenido, se detuvo e interrogó:

—¿Por qué le arrestó, guardián?

Y el interpelado, con la precisión y prontitud del que está seguro de lo que dice, contestó:

—Por andar con animales inamibles en la vía pública, mi inspector.

Se inclinó sobre el libro, pero volvió a alzar la pluma para preguntar a Tapia lo que aquella palabra, que oía por primera vez, significaba, cuando una reflexión lo detuvo: si el vocablo estaba bien empleado, su ignorancia iba a restarle prestigio ante un subalterno, a quien ya una vez había corregido un error de lenguaje, teniendo más tarde la desagradable sorpresa al comprobar que el equivocado era él. No, a toda costa había que evitar la repetición de un hecho vergonzoso, pues el principio básico de la disciplina se derrumbaría si el inferior tuviese razón contra el superior. Además, como se trataba de un carretelero, la palabra aquella se refería, sin duda, a los caballos del vehículo que su conductor tal vez hacía trabajar en malas condiciones, quién sabe si enfermos o lastimados. Esta interpretación del asunto le pareció satisfactoria y, tranquilizado ya, se dirigió al reo:

—¿Es efectivo eso? ¿Qué dices tú?

—Sí, señor; pero yo no sabía que estaba prohibido.

Esta respuesta, que parecía confirmar la idea de que la palabra estaba bien empleada, terminó con la vacilación del oficial que, concluyendo de escribir, ordenó en seguida al guardián:

—Páselo al calabozo.

Momentos más tarde, reo, aprehensor y oficial se hallaban delante del prefecto de policía. Este funcionario, que acababa de recibir una llamada por teléfono de la gobernación, estaba impaciente por marcharse.

—¿Está hecho el parte? —preguntó.

—Sí, señor—dijo el oficial, y alargó a su superior jerárquico la hoja de papel que tenía en la diestra.

El jefe la leyó en voz alta, y al tropezar con un término desconocido se detuvo para interrogar: ¿Qué significa esto? —Pero no formuló la pregunta. El temor de aparecer delante de sus subalternos ignorando le selló los labios. Ante todo había que mirar por el prestigio de la jerarquía. Luego la reflexión de que el parte estaba escrito de puño y letra del oficial de guardia, que no era un novato, sino un hombre entendido en el oficio, lo tranquilizó. Bien seguro estaría de la propiedad del empleo de la palabreja, cuando la estampó ahí con tanta seguridad. Este último argumento le pareció concluyente, y dejando para más tarde la consulta del Diccionario para aclarar el asunto, se encaró con el reo y lo interrogó:

—Y tú, ¿qué dices? ¿Es verdad lo que te imputan?

—Sí, señor prefecto, es cierto, no lo niego. Pero yo no sabía que estaba prohibido.

E1 jefe se encogió de hombros, y poniendo su firma en el parte, lo entregó al oficial, ordenando:

—Que lo conduzcan al juzgado.

En la sala del juzgado, el juez, un jovencillo imberbe que, por enfermedad del titular, ejercía el cargo en calidad de suplente, después de leer el parte en voz alta, tras un breve instante de meditación, interrogó al reo:

—¿Es verdad lo que aquí se dice? ¿Qué tienes que alegar en tu defensa? La respuesta del detenido fue igual a las anteriores:

—Sí, usía; es la verdad, pero yo ignoraba que estaba prohibido.

El magistrado hizo un gesto que parecía significar: "Sí, conozco la cantinela; todos dicen lo mismo". Y, tomando la pluma, escribió dos renglones al pie del parte policial, que en seguida devolvió al guardián, mientras decía, fijando en el reo una severa mirada:

—Veinte días de prisión, conmutables en veinte pesos de multa.

En el cuartel el oficial de guardia hacía anotaciones en una libreta, cuando "El Guarén" entró en la sala y, acercándose a la mesa, dijo:

—El reo pasó a la cárcel, mi inspector.

—¿Lo condenó el juez?

—Sí; a veinte días de prisión, conmutables en veinte pesos de multa; pero como a la carretela se le quebró un resorte y hace varios días que no puede trabajar en ella, no le va a ser posible pagar la multa. Esta mañana fue a dejar los caballos al potrero.

El estupor y la sorpresa se pintaron en el rostro del oficial.

—Pero si no andaba con la carretela, ¿cómo pudo, entonces, infringir el reglamento del tránsito?

—El tránsito no ha tenido nada que ver con el asunto, mi inspector.

—No es posible, guardián; usted habló de animales...

—Sí, pero de animales inamibles, mi inspector, y usted sabe que los animales inamibles son sólo tres: el sapo, la culebra y la lagartija. Martín trajo del cerro una culebra y con ella andaba asustando a la gente en la vía pública. Mi deber era arrestarlo, y lo arresté.

Eran tales la estupefacción y el aturdimiento del oficial que, sin darse cuenta de lo que decía, balbuceó:

—Inamibles, ¿por qué son inamibles?

El rostro astuto y socarrón de "El Guarén" expresó la mayor extrañeza. Cada vez que inventaba un vocablo, no se consideraba su creador, sino que estimaba de buena fe que esa palabra había existido siempre en el idioma; y si los demás la desconocían, era por pura ignorancia. De aquí la orgullosa suficiencia y el aire de superioridad con que respondió:

—El sapo, la culebra y la lagartija asustan, dejan sin ánimo a las personas cuando se las ve de repente. Por eso se llaman inamibles, mi inspector.

Cuando el oficial quedó solo, se desplomó sobre el asiento y alzó las manos con desesperación. Estaba aterrado. Buena la había hecho, aceptando sin examen aquel maldito vocablo, y su consternación subía de punto al evidenciar el fatal encadenamiento que su error había traído consigo. Bien advirtió que su jefe, el prefecto, estuvo a punto de interrogarlo sobre aquel término; pero no lo hizo, confiando, seguramente, en la competencia del redactor del parte. ¡Dios misericordioso! ¡Qué catástrofe cuando se descubriera el pastel! Y tal vez ya estaría descubierto. Porque en el juzgado, al juez y al secretario debía haberles llamado la atención aquel vocablo que ningún Diccionario ostentaba en sus páginas. Pero esto no era nada en comparación de lo que sucedería si el editor del periódico local, "El Dardo", que siempre estaba atacando a las autoridades, se enterase del hecho. ¡Qué escándalo! ¡Ya le parecía oír el burlesco comentario que haría caer sobre la autoridad policial una montaña de ridículo!

Se había alzado del asiento y se paseaba nervioso por la sala, tratando de encontrar un medio de borrar la torpeza cometida, de la cual se consideraba el único culpable. De pronto se acercó a la mesa, entintó la pluma y en la página abierta del libro de novedades, en la última anotación y encima de la palabra que tan trastornado lo traía, dejó caer una gran mancha de tinta. La extendió con cuidado, y luego contempló su obra con aire satisfecho. Bajo el enorme borrón era imposible ahora descubrir el maldito término, pero esto no era bastante; había que hacer lo mismo con el parte policial.

Felizmente, la suerte érale favorable, pues el escribiente de la Alcaldía era primo suyo, y como el alcaide estaba enfermo, se hallaba a la sazón solo en la oficina. Sin perder un momento, se trasladó a la cárcel, que estaba a un paso del cuartel, y lo primero que vio encima de la mesa, en sujetapapeles, fue el malhadado parte. Aprovechando la momentánea ausencia de su pariente, que había salido para dar algunas órdenes al personal de guardia, hizo desaparecer bajo una mancha de tinta el término que tan despreocupadamente había puesto en circulación. Un suspiro de alivio salió de su pecho. Estaba conjurado el peligro, el documento era en adelante inofensivo y ninguna mala consecuencia podía derivarse de él.

Mientras iba de vuelta al cuartel, el recuerdo del carretelero lo asaltó y una sombra de disgusto veló su rostro. De pronto se detuvo y murmuró entre dientes:

—Eso es lo que hay que hacer, y todo queda así arreglado.

Entre tanto, el prefecto no había olvidado la extraña palabra estampada en un documento que llevaba su firma y que había aceptado, porque las graves preocupaciones que en ese momento lo embargaban relegaron a segundo término un asunto que consideró en sí mínimo e insignificante. Pero más tarde, un vago temor se apoderó de su ánimo, temor que aumentó considerablemente al ver que el Diccionario no registraba la palabra sospechosa.

Sin perder tiempo, se dirigió donde el oficial de guardia, resuelto a poner en claro aquel asunto. Pero al llegar a la puerta por el pasadizo interior de comunicación, vio entrar en la sala a "El Guarén", que venía de la cárcel a dar cuenta de la comisión que se le había encomendado. Sin perder una sílaba, oyó la conversación del guardián y del oficial, y el asombro y la cólera lo dejaron mudo e inmóvil, clavado en el pavimento.

Cuando el oficial hubo salido, entró y se dirigió a la mesa para examinar el Libro de Novedades. La mancha de tinta que había hecho desaparecer el odioso vocablo tuvo la rara virtud de calmar la excitación que lo poseía. Comprendió en el acto que su subordinado debía estar en ese momento en la cáreel, repitiendo la misma operación en el maldito papel que en mala hora había firmado. Y como la cuestión era gravísima y exigía una solución inmediata, se propuso comprobar personalmente si el borrón salvador había ya apartado de su cabeza aquella espada de Damocles que la amenazaba.

Al salir de la oficina del alcaide el rostro del prefecto estaba tranquilo y sonriente. Ya no había nada que temer; la mala racha había pasado. Al cruzar el vestíbulo divisó tras la verja de hierro un grupo de penados. Su semblante cambió de expresión y se tornó grave y meditabundo. Todavía queda algo que arreglar en ese desagradable negocio, pensó. Y tal vez el remedio no estaba distante, porque murmuró a media voz:

"Eso es lo que hay que hacer; así queda todo solucionado."

Al llegar a la casa, el juez, que había abandonado el juzgado ese día un poco más temprano que de costumbre, encontró a "El Guarén" delante de la puerta, cuadrado militarmente. Habíanlo designado para el primer turno de punto fijo en la casa del magistrado. Este, al verle, recordó el extraño vocablo del parte policial, cuyo significado era para él un enigma indescifrable. En el Diccionario no existía y por más que registraba su memoria no hallaba en ella rastro de un término semejante.

Como la curiosidad lo consumía, decidió interrogar diplomáticamente al guardián para inquirir de un modo indirecto algún indicio sobre el asunto. Contestó el saludo del guardián, y le dijo afable y sonriente:

—Lo felicito por su celo en perseguir a los que maltratan a los animales. Hay gentes muy salvajes. Me refiero al carretelero que arrestó usted esta mañana, por andar, sin duda, con los caballos heridos o extenuados.

A medida que el magistrado pronunciaba estas palabras, el rostro de "El Guarén" iba cambiando de expresión. La sonrisa servil y gesto respetuoso desaparecieron y fueron reemplazados por un airecillo impertinente y despectivo.

Luego, con un tono irónico bien marcado, hizo una relación exacta de los hechos, repitiendo lo que ya había dicho, en el cuartel, al oficial de guardia.

E1 juez oyó todo aquello manteniendo a duras penas su seriedad, y al entrar en la casa iba a dar rienda suelta a la risa que le retozaba en el cuerpo, cuando el recuerdo del carretelero, a quien había enviado a la cárcel por un delito imaginario, calmó súbitamente su alegría. Sentado en su escritorio, meditó largo rato profundamente, y de pronto, como si hubiese hallado la solución de un arduo problema, profirió con voz queda:

—Sí, no hay duda, es lo mejor, lo más práctico que se puede hacer en este caso.

En la mañana del día siguiente de su arresto, el carretelero fue conducido a presencia del alcaide de la cárcel, y este funcionario le mostró tres cartas, en cuyos sobres, escritos a máquina, se leía:

Señor alcaide de la Cárcel de. . .—Para entregar a Martín Escobar. (Este era el nombre del detenido.)

Rotos los sobres, encontró que cada uno contenía un billete de veinte pesos. Ningún escrito acompañaba el misterioso envío. El alcaide señaló al detenido el dinero, y le dijo sonriente:

—Tome, amigo, esto es suyo, le pertenece.

E1 reo cogió dos billetes y dejó el tercero sobre la mesa, profiriendo:

—Ese es para pagar la multa, señor alcaide.

Un instante después, Martín el carretelero se encontraba en la calle, y decía, mientras contemplaba amorosamente los dos billetes:

—Cuando se me acaben, voy al cerro, pillo un animal inamible, me tropiezo con "El Guarén" y ¡zas! al otro día en el bolsillo tres papelitos iguales a éstos.

http://www.lotita.cl/servicios-lota - lota Preparado por EBO Generado: 19 May, 2007, 01:34

Posted by cecilia castillo at 06:13:00 | Permanent Link | Comments (4) |

13/05/2007

"Arte que emplea como medio de expresión una lengua"

Cuando, hace pocos años, nos reuníamos algunos amantes de las letras al alero de modernos mecenas como Rowe, por ejemplo, discutimos muchas veces acerca de cómo andarían las cosas si los profesores de Lengua Castellana se dedicaran a enseñar gramática, ortografía y redacción mientras la literatura se enseñara como lo que es: un arte del que tenemos derecho a disfrutar, y, a cargo de ciudadanos que amen la lectura. Algo así como Danny Devito en Renaissance Man. Claro, sólo ha sido un sueño.

En cambio, nuestros hijos y nietos están siendo sometidos al arbitrio de profesores que ni siquiera han leído los programas de Lengua Castellana, cosa que puede comprobar cualquier ciudadano puesto que están a la mano en www.mineduc.cl. No se me acusará de defensora de este Ministerio de Educación, puesto que mi detracción hacia éste no es menor. Pero hay que repartir bien las culpas...

La información que ustedes entregan no es la única que uno recibe; con más tristeza que nada, ya que por salud o por inutilidad creo que los más viejos cada día nos indignamos menos.

El programa de tercero básico se ubica en:

 

http://www.mineduc.cl/index.php?id_seccion=1747&id_portal=1&id_contenido=3957

Claro, ahí por ejemplo, le piden al profesor que "haya leído las obras originales" cuando esté usando adaptaciones para los niños... y entre las sugerencias viene hasta Sandokán. (Sorpréndete Reca)

 

El programa de tercero medio está en:

 

http://www.mineduc.cl/index.php?id_seccion=1746&id_portal=1&id_contenido=4071

Aquí aparecen comentarios como este:

"Es una buena posibilidad para que el docente y los estudiantes relacionen obras de diversos

géneros y épocas, como, por ejemplo, La Odisea (el descenso al Hades), Don Quijote de La

Mancha (la aventura de la Cueva de Montesinos), Viajes de Gulliver (estancia en el país de los

Houyyns), El Divino Orfeo (autosacramental de Pedro Calderón de la Barca), el cuento de

hadas de los Hermanos Grimm “Las tres plumas”, y el poema Altazor, de Vicente Huidobro."

 

Y, entre las sugerencias de lectura aparecen, por ejemplo, los cuentos de Las Mil y Una Noches.

 

Estos programas tienen mucho que criticarles, pero no son peores que lo que se está haciendo a nivel nacional.

A los profes se les insiste en que no es el entretenimiento hueco el que se busca, pero tampoco el aburrimiento supino. Y se les plantea que por qué no los niños pueden ver una película por ejemplo antes de leer la obra. Por qué no hacer preguntas estimulantes en la prueba. Por qué no llevar unos cinco o siete libros a la sala, mostrárselos a los niños y permitir que elijan, por el tamaño, porque le gustó el color, porque se ve chico, en fin, que sienta que alguna facultad de elegir tuvo.

En el programa de tercero básico indican que el profesor debe leer algunas cosas en voz alta, como estímulo. Qué tal un cuento de Pedro Urdemales... dejando en suspenso el descenlace para mañana...

Pero, no hay caso. Seguimos la tradición chilena. Lo que es bueno hay que echarlo a perder. Lo que es nuestro (Pedro Urdemales, Papelucho, Mampato, El loco Estero, El Inamible, etc... ) hay que reemplazarlo por obritas traidas de Cataluña (donde el castellano es ahora segunda lengua, no primera) o por dudosas traducciones de idiomas europeos.

 Tristemente también, ¿o no?

 

 

 

 

 

 

 

Posted by cecilia castillo at 05:40:35 | Permanent Link | Comments (4) |

02/05/2007

El artista                

Un día nació en su alma el deseo de modelar la estatua del "Placer que dura un instante". Y marchó por el mundo para buscar el bronce, pues sólo podía ver sus obras en bronce.
Pero el bronce del mundo entero había desaparecido y en ninguna parte de la tierra podía encontrarse, como no fuese el bronce de la estatua del " Dolor que se sufre toda la vida".
Y era él mismo con sus propias manos quien había modelado esa estatua, colocándola sobre la tumba del único ser que amó en su vida. Sobre la tumba del ser amado colocó aquella estatua que era su creación, para que fuese muestra del amor del hombre que no muere nunca y como símbolo del dolor del hombre, que se sufre toda la vida. Y en el mundo entero no había más bronce que el de aquella estatua. Entonces cogió la estatua que había creado, la colocó en un gran horno y la entregó al fuego. Y con el bronce de la estatua del " Dolor que se sufre toda la vida " modeló la estatua del " Placer que dura un instante ". -
- Poemas en prosa, Oscar Wilde - elaleph.com, ISBN:0000001239 - © 1999-2001, Adobe Systems Incorporated

The Artist

ONE evening there came into his soul the desire to fashion an image of The Pleasure that abideth for a Moment. And he went forth into the world to look for bronze. For he could only think in bronze.
But all the bronze of the whole world had disappeared, nor anywhere in the whole world was there any bronze to be found, save only the bronze of the image of The Sorrow that endureth for Ever.
Now this image he had himself, and with his own hands, fashioned, and had set it on the tomb of the one thing he had loved in life. On the tomb of the dead thing he had most loved had he set this image of his own fashioning, that it might serve as a sign of the love of man that dieth not, and a symbol of the sorrow of man that endureth for ever. And in the whole world there was no other bronze save the bronze of this image.
And he took the image he had fashioned, and set it in a great furnace, and gave it to the fire.
And out of the bronze of the image of The Sorrow that endureth for Ever he fashioned an image of The Pleasure that abideth for a Moment.


Posted by cecilia castillo at 05:44:08 | Permanent Link | Comments (10) |